domingo, 6 de agosto de 2017

El preso

El pétreo rostro del preso no dejaba entrever la furia que sentía hacia su carcelero. Pareciera que tuviese la mirada perdida, pero en verdad se concentraba en disimular el odio que le invadía por miedo a las posibles represalias.

El semblante del carcelero era todo lo contrario: sonrosado, rechoncho y con una sempiterna sonrisa brillante a causa de la saliva que nunca limpiaba de su boca. Su inocente expresión contrastaba con la inmensa fuerza de la que hacía gala. Si se lo hubiese propuesto, habría podido partir el frágil cuerpo del preso con una sola mano.

Los dos estaban frente a frente, separados únicamente por la pared transparente de la celda, intentaban adivinar, sin éxito, lo que el otro estaba pensando en ese instante.

Solo llevaba una horas encarcelado, pero para el preso parecían días. Se sentía débil y empezaba a pensar que no iba a durar mucho en esas condiciones. Además, estaban los agujeros. Desde que el carcelero lo había capturado no había dejado de cavar orificios alrededor de su celda. Se entregaba a ello como si no hubiera nada más importante y solo dejaba de prestar atención a su trabajo para lanzar furtivas miradas al preso acompañadas de una estúpida sonrisa. ¿Qué clase de tortura psicológica estaba empleando? ¿Acaso iba a enterrarlo vivo o solo quería que pensara que lo iba a hacer? El preso estaba desquiciado ante tanta duda y se golpeaba una y otra vez con las paredes que lo rodeaban.

Por su parte, el carcelero parecía jactarse ante la desesperación de su presa y aporreaba con sus rollizos dedos aquellas zonas de la pared dónde este golpeaba con su cabeza. Click click click. Repicaban los dedos del carcelero. Click click click. Resonaba en la cabeza del preso. Clack…

El preso alzó la vista ante el repentino cambio de sonido y lo que vio casi consiguió alterar su imperturbable expresión. Si su carcelero ya le parecía una mole imponente, el ser que había aparecido a su lado era capaz de hacerle sombra. Doblaba su estatura y triplicaba su corpulencia, además, tenía totalmente amedrentado al carcelero. No lograba entender que le estaba diciendo, pero por el compungido rostro de este no debía de ser una charla muy agradable.

El imponente ser que había aparecido de la nada volvió a desaparecer del campo de visión del preso como si nunca hubiese estado allí, dejando de nuevo frente a frente a captor y presa. Aunque ahora el carcelero ya no sonreía. Apretaba la mandíbula en un vano intento de contener su ira, lo que hizo que aumentase considerablemente el miedo del preso.

Por un instante las miradas de ambos se cruzaron y el carcelero pareció tomar una decisión. En dos zancadas se acercó al preso y haciendo uso de toda su fuerza levantó la celda y la lanzó al mar.

La botella cayó en una zona lo bastante profunda como para que el preso pudiera salir de ella. El caballito de mar, ahora libre, tardó unos segundos en recobrar el equilibrio dentro del agua y respirar aliviado. Quería huir lo más rápido posible antes de que su carcelero se arrepintiera, pero antes lanzó una última mirada en su dirección. Extrañamente ya no le parecía el despiadado monstruo que se le había antojado minutos atrás, incluso creyó ver una lágrima resbalar por su rechoncho rostro.

El niño, pala en mano, vio alejarse al caballito de mar con un lento contoneo y con él vio cómo se escapaba la única oportunidad que había tenido ese verano de hacer un amigo.