sábado, 14 de octubre de 2017

El mejor superpoder


Si pudiese elegir un superpoder, escogería vomitar purpurina. Me contratarían para fiestas infantiles a las que tendría que asistir temprano y comenzar a beber sin control ninguno para que, como colofón de la fiesta, pudiese verter sobre los pequeños invitados mis mágicas secreciones. Los niños y niñas, con los ojos brillantes de emoción, gritarían extasiados ante el espectáculo. Chillarían y reirían como posesos revolcándose en el suelo para conseguir ser el más brillante.

Y los padres. Los padres sonreirían viendo el espectáculo desde fuera, dándose codazos los unos a los otros señalando las hazañas de sus vástagos y ensalzando a los padres del homenajeado ante su magnífica ocurrencia y originalidad. Compartirían mi teléfono como si de un tesoro se tratara, solo al alcance de los amigos y familiares de mayor confianza.

Con el tiempo me contratarían en desfiles y ceremonias. Mi fama crecería. Luego la televisión, el cine, un disco de versiones junto a Enrique Iglesias y David Hasselhoff... Haría historia. Dinero, mansiones, coches de lujo y comenzarían los gastos descontrolados: compraría haagen dazs en las gasolineras y calzoncillos con nombre de señor. Luego vendrían las adicciones, la decadencia, la marginalidad y, por último, las drogas. Sin embargo, ante todo pronóstico, los estupefacientes harían que vomitase purpurina en diferentes y nuevos colores y entonces todo comenzaría de nuevo. Más fuerte, más sabio y con mucha más purpurina.

Sería feliz. Y haría feliz a mucha gente, tanto, que jamás lo olvidarían. Y todo por un módico precio.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Fiscal recién nombrado

- A la luz de las pruebas presentadas y las declaraciones emitidas por la víctima, es indiscutible señalar que el acusado, aquí presente, fue el causante de los daños afligidos sobre los bienes de la víctima y no un fenómeno paranormal tal y como afirma. Por otro lado, el segundo acusado, hermano mayor del primero, dio asilo a éste en sus dominios durante el breve plazo de tiempo que transcurrió desde la ejecución del crimen hasta la detención de ambos. Es por ello que se solicita para los dos una pena ejemplar que les haga reflexionar sobre sus actos. 

El recién nombrado fiscal se acercó a los acusados, calendario en mano, hasta estar a escasos centímetros de sus caras: 

- Pedro, castigado dos semanas por romper el jarrón y decir que se había caído solo, y tú, Miguel, una semana castigado por esconder a tu hermano en tu habitación.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Un día cualquiera

- ¡¡Como ha podido cambiarme por este maldito cachivache!!

La escena era dantesca. Don Antonio Hernández, importante decano y viva imagen de la diplomacia, gritaba ante mi mesa. Horas antes había encontrado en casa una desconocida caja cerrada con un candado. Tras forzarlo, lo que había encontrado le había llevado directo a mi despacho a solicitar el divorcio.

- Sr Hernández, cálmese, estas cosas mejor pensarlas en frío.

Vierto azúcar en mi café y me lo llevo a los labios mientras veo como mi cliente se desmorona sobre el butacón que hay frente a mi mesa. Demasiado dulce, casi tan empalagoso como él. Sonrío ante mi propio chiste y observo de nuevo a mi cliente, que resignado, parece haber tomado una decisión.

- Tiene razón, hablaré con ella. Gracias, estoy en deuda con usted –dice mientras me propina un formal apretón de manos y se despide prometiendo contactar conmigo.

Tras seguirlo con la mirada mientras sale de mi despacho, observo en la esquina de mi mesa el consolador olvidado causante del enfado.


Necesito otro café.

domingo, 21 de mayo de 2017

Llegó de noche

Las olas rompían con ferocidad el silencio de la noche. Pareciera que quisiesen escapar del contacto del barco que, lentamente, se adentraba en la inexpugnable dársena de Cartagena. Cientos de ojos contemplaban inquisitivos el avance de la nave desde el Faro de Navidad. Podía sentir la tensión creciendo a mi alrededor, incluso los policías, de espaldas al mar y armas en mano, no podían evitar lanzar alguna mirada inquieta.

Más allá, en el puerto, el espectáculo era completamente diferente. El silencio sobrecogedor del faro daba paso a una caótica mezcla de gritos y sirenas que invitaban a la locura. Miles de personas se habían congregado junto al despliegue médico y militar designado para la recepción del enigmático navío y su maltrecha tripulación.

Habían pasado cinco agónicos días desde que el buque informase de la pérdida del setenta por ciento de su personal a manos de una insólita enfermedad. Desde entonces, los mensajes de súplica y auxilio por parte de la tripulación habían ido creciendo en la misma proporción que la tensión de los debates sobre si debían o no permitir su entrada en la ciudad.

La luz del faro iluminó por un instante el nombre del navío y sentí un escalofrío. Escipión. 

domingo, 27 de noviembre de 2016

Tello

(Fanfic de Canción de Hielo y Fuego)

La loba le miraba directamente a los ojos. Jamás en su vida se había encontrado frente a frente con una loba huargo y la mezcla que sentía de terror y fascinación le hacía incapaz de mover ni un solo músculo. Se encontraba a escasos dos metros de ella y sin embargo, en el fondo, sabía que la loba no le atacaría. Su mirada estaba provista de una inteligencia y compresión casi humanas. De hecho, sus ojos grises le resultaban tremendamente familiares y le traían unos lejanos recuerdos mecidos en una fría brisa del norte.

Un aullido restalló en el aire rompiendo en mil pedazos la mágica conexión que se había establecido entre ambos e hizo a la loba girar la cabeza en busca del origen del sonido. Su manada la reclamaba. Su pueblo. Necesitaban a su líder y ella no podía evitar la llamada. La loba se dispuso a marcharse no sin antes dedicar una última mirada cargada de emoción a su silencioso acompañante. Por un momento le pareció vislumbrar una sonrisa, pero cuando se dispuso a llamarla, un hosco gorgojo sustituyó cualquier palabra que pretendiera salir de su boca.

Un vaso de vino se derramó sobre su cara y le trajo de golpe a la realidad.

- ¡Eh, muchacho! ¿Qué haces durmiendo? ¿Acaso eres el único en todo el Forca Verde que no sabe que hoy hay vino gratis? –Exclamó Darryl El Bello arrastrando las palabras.
- ¡Deja al chaval, Darryl! Me parece a mí que los dos colmillitos que tiene por espadas son de leche todavía. Ya vendrá con los hombres cuando sea uno –le contestó aun más borracho su primo Eddy, al que llamaban El Sombra por ser incapaz de separarse de su primo más grande, mas bruto y más feo.

Tello se incorporó a medias en su catre y se frotó los ojos para quitarse los restos de vino y de irrealidad que aun flotaban en su mente. Ante sí tenía las figuras tambaleantes de Darryl y Eddy, dos amantes de la lucha, el vino y las mujeres burlándose de él, aunque lo cierto era que viniendo de ellos era todo un honor recibir una invitación para compartir su vino. Durante las primeras semanas en el mismo batallón ni siquiera le habían dirigido la palabra y cuando se rebajaron a ello fue para decirle que habían apostado que iba a durar vivo, como mucho, una semana más.

- No quiero más del sucio vino de los Frey. Da tanto asco como la mayoría de ellos.
- ¡El vino es vino muchacho! Venga de donde venga cumple su función: nubla la mente de los hombres y abre las piernas de las mujeres – recitó Darryl con aire reflexivo apoyado por su primo, que asentía solemne-.
- Creo que ese comentario es lo más inteligente que te he oído decir nunca, Darryl – dijo Tello mientras se levantaba por completo y ayudaba a Darryl a que no se tambaleara en exceso.
- Tengo mucho más que enseñarte muchacho. Quédate con nosotros y aprenderás rápido de que va esta perra vida. Además sería deshonesto por tu parte no brindar por nuestro Rey en el Norte.
- Creo que ya hemos brindado suficiente por nuestro rey esta noche. Sobretodo vosotros.
- Pues yo no pienso dejar de brindar por él ni por el enlace de su tío Edmure. ¡Seguro que a estas horas debe estar dándole lo suyo a esa Frey! – dijo Darryl terminando con una sonora carcajada, a la que se sumó su primo-.
- Entonces seguid brindando y hacedlo también a mi salud. Yo voy a aprovechar para pasear un poco y ver si se despeja mi mente –apuntó Tello mientras se echaba al cinto sus dos espadas de las que nunca se separaba-.
- No temas muchacho que así lo haremos.
- ¡Y si algún soldado descarado intenta propasarte contigo danos un silbido! –añadió Eddy a modo de broma-.
- No te preocupes Eddy que si eso pasa le indicaré tu tienda para que vaya a darte su cariño –respondió Tello guiñándole un ojo-.

Tello dejó a los dos primos riendo y bebiendo y se alejó de su tienda, situada a las puertas de Los Gemelos. Había ido allí para escapar del bullicio de las carpas principales y se había quedado durmiendo por culpa del exceso de vino. Había tenido uno de esos sueños tan nítidos que últimamente se repetían tanto. Tello creía que estaban relacionados con su obsesión por encontrar a Nymeria, a veces soñaba que era una ardilla o un pájaro y otras que era un lobo que formaba parte de su manada pero siempre se encontraba cerca de ella y eran sensaciones tan reales que en ocasiones se despertaba impregnado de su olor.

Mientras Tello deambulaba bajo la fina lluvia pensó en como había cambiado su situación desde que había decidido seguir al Rey en el Norte en su lucha, primero por rescatar a su padre y luego por vengarlo. Al principio, como abanderado de los Stark, era invisible para el resto de sus compañeros, pero tras la batalla de Marcaceniza en la que se había cobrado su primera vida, aunque fuese de alguien herido en el suelo, habían empezado a notar su existencia. Y desde que había luchado codo con codo con Darryl y su primo en El Risco, el primero había decidido tomarle bajo su protección y no pasaban unas horas sin que se acercara a ver como estaba.

Todo se lo debía a su padrastro Sir Rodrick, que desde que se casó con su madre lo había tomado como pupilo y le había enseñado a manejar la espada sin importarle que fuera un hijo bastardo de su nueva esposa. Al principio fue bastante duro ya que Tello era zurdo y el maestro de armas se empeñaba en que manejara la espada con la mano derecha, pero una vez que se hizo al peso de la misma y al cambio en el juego de pies todo fue más sencillo. La verdad es que a Tello se le daba bien la esgrima, aunque fuese un muchacho escuálido y larguirucho lo cierto es que era muy ágil y tenía buenos reflejos, lo que sin duda era una buena cualidad para un espadachín. Una vez que se hubo acostumbrado a manejar la espada con su mano derecha, sintió que le faltaba algo que le equilibrara y decidió, aconsejado por su padrastro, empezar a utilizar una pequeña daga en su mano izquierda. Con el tiempo decidió igualar el tamaño de las dos armas, llegándose a convertir en un verdadero torbellino de acero. Gracias a ello conservaba su vida y esperaba que siguiera así durante mucho tiempo, al menos el necesario para poder encontrar a Arya.

Se había hecho tres promesas el día que se enteró de que la pequeña de los Stark había sido retenida en Desembarco del Rey tras la ejecución de su padre. Una era encontrar a Nymeria, otra era devolvérsela a Arya y la última era rescatarla de los Lannister.

Conocía a Arya desde siempre y no solo porque se tratara de la hija menor de Lord Eddard Stark, sino porque desde pequeños habían jugado juntos en el patio de Invernalia y más desde que Ser Rodrick le había tomado como pupilo. Arya siempre se había sentido atraída por la esgrima, pero a excepción de Jon, ninguno de sus hermanos le daba pie a que practicara, por lo que cuando se enteró de que Tello estaba siendo entrenado por el mismísimo maestro de armas se fue directo hacia él para pedirle que le enseñara a ella en secreto. Desde entonces habían pasado muchas tardes juntos y, aunque él no era un paciente maestro ni Arya una obediente alumna, lo cierto es que se habían hecho grandes amigos. De hecho, entre los chicos y chicas de la ciudad empezó a correr el rumor de que era algo más que una amistad y muchos de los amigos de Tello empezaron a burlarse de él llamándole “Señor de Caracaballo” e insinuando que si no salía bien su relación siempre podía buscar otra novia en las caballerizas de Invernalia.

A Tello no le importaban las burlas y se centraba en disfrutar de cada momento que pasaba con la pequeña Arya. Era totalmente diferente al resto de chicas que conocía y era incapaz de ver un rasgo equino en su travieso rostro. Conforme ambos fueron creciendo tenían menos tiempo para pasar juntos debido a sus obligaciones, pero siempre que podían quedaban para practicar con las espadas, por lo que fue un terrible golpe para él cuando se enteró de que iba a viajar con su padre a Desembarco del Rey.

- ¡Compadre! ¿Te apetece un trago de hidromiel? Acabamos de abrir el barril.

El joven miró hacia el grupo de soldados que arrastraban un barril de unos cincuenta litros. Le pareció raro que ninguno de los hombres, de la casa Frey por lo que dedujo de sus ropajes, tuviera un vaso en la mano o una sonrisa en el rostro, por lo que decidió ser prudente.

- No, gracias, ya he saciado mi sed por hoy y temo que no me respondan las piernas si continuo bebiendo – contestó Tello amablemente-.
- ¡Oh vamos! Hoy es un gran día. Dos grandes casas se unen en matrimonio. No pasa algo así todos los días –volvió a insistir el mismo soldado -.

Tello se fijó en los tres hombres que rodeaban al generoso soldado. Definitivamente ninguno daba muestras de haber estado bebiendo, de hecho estaban demasiado tensos e iban bastante armados para estar de celebración. El joven Nieve volvió la vista al soldado que le había ofrecido la bebida y notó que su mirada escondía una mezcla de nerviosismo e insistencia. Algo raro pasaba, algo no encajaba, pero Tello aceptó el vaso de hidromiel e hizo como si bebía sin apartar la mirada de las manos de los hombres que tenía en frente. Atento a cualquier mínimo movimiento.

Un ruido inconfundible de espadas, caballos y gritos atrajo la atención de todos hacia la entrada del castillo. Al principio Tello pensó que se trataría de la típica escaramuza entre borrachos pero se quedó horrorizado al comprobar que de Los Gemelos salía un contingente de jinetes arrasando con todo lo que encontraban a su paso ante la escasa resistencia de sus compatriotas norteños. El silbido de las espadas emergiendo de sus fundas hizo que Tello volviera la mirada hacia el grupo de soldados que tenía delante y por puro instinto sacó con su mano libre una de sus espadas justo a tiempo de parar el envite del soldado que estaba a la derecha. A la vez, lanzó el vaso de hidromiel a la cara del soldado que se lo había ofrecido para instantáneamente sacar su espada izquierda, aprovechando el movimiento para degollar con la diestra al soldado que se abría paso desde atrás. Tello sacó su espada justo cuando se echaban sobre él el primer atacante y el que todavía no había entrado en acción y cruzando sus aceros pudo anular el ataque de ambos, aunque le hicieron retroceder lo suficiente para que tropezara con un jergón de paja y callera al suelo. Sin embargo, Tello fue lo suficientemente rápido para trazar un movimiento circular con ambas espadas que hirieron el vientre de uno y el muslo de otro. Nada más tocar el suelo rodó hacia atrás y ganó unos metros de separación de sus contrincantes, necesario para poder incorporarse.

Cuando se levantó pudo ver como sus adversarios intentaban rodearle. Eran tres contra uno, pero los tres estaban heridos, sobretodo el que había recibido el corte en pleno estómago ya que le costaba permanecer erguido. Tendría que actuar rápido si no quería que lo rodearan por completo, pero no podía enfrentarse a los tres a la vez. Necesitaba entretener a uno de ellos. La respuesta apareció a sus pies en forma de jergón de paja. Tan fuerte como pudo le dio una patada en dirección al soldado al que había tirado el vaso y de cuya ceja partida emanaba un hilo de sangre que dificultaba su visión, para después dirigirse al soldado más débil. Esquivó con cierta facilidad el estoque de este y situándose a su espalda lo atravesó con su acero hasta la empuñadura. En el momento en el que el soldado más alejado se acercaba corriendo con furia le lanzó de una patada el cuerpo aun convulsionante de su compañero, cayendo los dos al suelo. Tello aprovechó el momento para enzarzarse con el soldado del ojo hinchado, atacándole siempre por el lado de su ojo malo, aprovechándose de su debilidad, hasta que finalmente lo hizo caer de un golpe que le rebanó media cara. Por último, se dirigió hacia el soldado que había caído de espaldas y que intentaba quitarse de encima el cuerpo de su compañero ya fallecido. Su intento se vio frustrado cuando Tello le atravesó la garganta con la espada.

Ahora que había acabado con el problema inmediato, el joven se detuvo unos instantes para sopesar la situación. A lo lejos se oían cada vez más gritos de dolor y le llegaba el aroma de la sangre y de los incendios iniciados en diferentes puntos del campamento. No tenía la menor idea de lo que estaba pasando. Necesitaba reunirse con alguno de sus compañeros y recabar más información por lo que decidió volver al lugar en el que estaban Darryl y Eddy y ver si conseguía averiguar algo.

Mientras corría moviéndose entre las sombras para no ser visto, se dio cuenta de que el campamento se estaba convirtiendo en un auténtico infierno. Por todos lados habían grupos de jinetes masacrando a los norteños que, bajo los efectos del alcohol, eran una presa fácil. ¿Sería consciente el Joven Lobo de lo que estaba ocurriendo a las afueras de Los Gemelos mientras él disfrutaba del banquete de bodas?

Tello llegó al lugar en el que momentos antes había estado charlando con sus compañeros, pero solo encontró sus cuerpos inertes entre varios soldados con las dos torres en el pecho. Estaba desolado, furioso y confuso. Todo parecía desmoronarse a su alrededor y ni siquiera sabía el motivo. De repente, algo captó la atención de su mirada y todos los sentimientos que instantes antes se agolpaban en su interior quedaron relegados a un segundo plano cuando se percató de lo que estaba viendo. Parpadeó varias veces para enfocar mejor y contuvo el acto de frotarse los ojos, ya que llevaba las manos manchadas de sangre húmeda. Era real. No lo creía pero era real. Podría reconocer su figura en cualquier parte. Era Arya.

Se había lanzado en una loca carrera hacia la entrada de una de las torres, ¿Cómo había llegado allí? ¿Tenía algo que ver con la vorágine de violencia que estaba asolando al ejército del norte? Las preguntas brotaban de su mente atropelladamente y frenaron en seco al ver la silueta del jinete que galopaba en pos de la pequeña Stark. Las llamas refulgían sobre la cabeza metálica del can y sobre el hacha que blandía amenazadoramente. La rabia se apoderó de él y profirió un grito que destacó como un trueno entre los alaridos que le rodeaban. Saliendo de su escondite, corrió con todas sus fuerzas para llegar a Arya antes que El Perro. La lluvia le azotaba el rostro y él devolvía los golpes a los pocos soldados que intentaban cortarle el paso. Solo le importaba llegar a Arya, todo lo demás no existía: las guerras, las muertes, Poniente, no significaban nada para él. Solo existía ella. Quería…no, tenía que llegar costara lo que costara, tenía que protegerla, tenía que sacarla del caos que los rodeaba, tenía… Una flecha brotó en su pecho e hizo que aminorara el paso. Parar no era una opción, así que cortó la punta de la flecha con la espada y continuó corriendo. El jinete había ganado ventaja pese a que Tello se encontraba mucho más cerca. Comenzaron a caer más flechas a su alrededor y tuvo la certeza de que iba a morir un instante antes de que se le clavara otro proyectil en el muslo, haciéndole caer al barro de cabeza. Aun con las espadas en las manos, Tello consiguió incorporarse pero la pierna no le respondía y se veía incapaz de levantarse. Impotente, vio como el jinete se acercaba a la muchacha y Tello gritó su nombre usando las últimas fuerzas que le quedaban para advertirla del peligro que le sobrevenía. Arya volvió la vista y por un momento sus miradas se cruzaron. Tello pudo distinguir el reconocimiento en sus ojos grises y esta vez fue él quien sonrió.

Un nuevo proyectil atravesó la garganta de Tello y sus labios se movieron en un vano intento por emitir algún sonido. Un “te quiero” se desvaneció en el aire sin ser escuchado.

Lo último que vio Tello fue el hacha del Perro cayendo sobre Arya.

jueves, 18 de agosto de 2016

La cita

6:45. Llego tarde. Camino deprisa, contracorriente, sorteando a las personas que desanimadas recorren las aceras. Autómatas. Los esquivo una y otra vez, curioso baile. Caras tristes, miradas vacías…
6:46. Concéntrate, vas a llegar tarde, y ella no espera. Acelero el paso y cruzo por debajo de un andamio dónde, de improviso, un gato negro me sorprende. Maldita mi suerte. Avanzo y cuando salgo, la luz me deslumbra. Únicamente distingo puntos multicolores sobre un fondo cambiante, pero no me impide seguir avanzando.
6:51. Siento como las gotas de sudor empiezan a resbalar por mi frente y espalda. Agarro fuerte la pesada tabla y seco con el dorso de mi mano libre las gotas que me ciegan.
6:53. Si continúo así no voy a llegar. Pienso rápido. Tomo una decisión, la única salida posible se dibuja en mi mente. Corre. Una, dos, tres zancadas. Empiezo a coger ritmo. Conforme me alejo del centro me cruzo con menos gente, puedo ir más rápido, pero estoy agotado. No puedo cansarme tanto, no ahora. Tengo que reservarme para ella. Disminuyo el ritmo, noto como mis pulsaciones andan desbordadas, casi tanto como yo.
6:58. Faltan exactamente cinco minutos para nuestra cita. Puedo llegar. Tengo que llegar. Ya no hay nadie por las calles y empieza a notarse la ausencia de gente en los últimos días de verano. Mejor, no quiero compartirla con nadie. Mis amigos insisten en que he perdido la cabeza, que estoy obsesionado. Pobres ignorantes, no tienen la menor idea de lo que siento. Adoro su fragancia, sus caricias, su completa libertad más allá de todo límite. Cuando estamos juntos somos uno y todo lo demás carece de importancia.
7:01. Solo quedan unos metros y mi pulso se dispara, pero esta vez no es la fatiga la que acelera mi corazón.
7:03. Es la hora. Doblo la última esquina y quedamos frente a frente. Está esperándome, como siempre. Los primeros rayos de sol reflejan mil colores sobre su majestuosa belleza. Me acerco hasta que noto sus primeras caricias en mis pies descalzos. Olvidémonos de todo lo demás querida, ahora solo importan tus olas y mi tabla.

miércoles, 3 de agosto de 2016

El pato del apocalipsis

- Buenas, favorables, gratas y provechosas tardes.
- Buenas tardes caballero, ¿qué desea?
- Verá, es un asunto bastante delicado, difícil, arriesgado y peligroso el que tengo que exponerle, ¿puede garantizarme que nadie más puede oírnos?

El veterinario miró por encima del hombro de su interlocutor, a ambos lados y detrás suyo. La clínica estaba completamente vacía a excepción de ellos dos.

- Por supuesto, ¿de qué se trata?
- Tiene usted una misión –dijo el cliente con actitud solemne para, a continuación, decir susurrando-. Ha de sacrificar a mi pato, pero no debe alzar la voz, sería perjudicial,  dañino, nocivo y pernicioso para nosotros si éste nos oyera.
- Entiendo -le respondió también en voz baja el veterinario, intuyendo que tenía en frente a una persona desequilibrada- ¿Y se puede saber por qué he de sacrificarlo?
- Ese es el quid de la cuestión. Tengo pruebas fehacientes, indiscutibles, irrefutables e irrebatibles de que mi pato es la rencarnación del mismísimo Adolf Hitler.
- Señor -dijo el veterinario tras varios segundos-, eso es imposible.
- Nada más lejos de la realidad, ya le he dicho que poseo pruebas. Observe.

Dicho esto, el cliente se agachó para coger una pesada bolsa de la que sobresalía la cabeza de un pato y que pasó a depositar sobre el mostrador de la clínica veterinaria.

- Aquí lo tiene, júzguelo usted mismo.
- Disculpe pero no lo entiendo, yo solo veo un pato normal.
- ¿Lo dice en serio? Pero fíjese hombre, es evidente, claro, notorio y obvio que es –de nuevo susurrando- la reencarnación de Hitler.
- ¿No lo dirá por esa mancha que lleva sobre el pico?
- ¡Chsst! No es… -el cliente tapó los oídos del pato-. No es ninguna mancha, es un bigote, como el que llevaba, ya sabe… y le salió el mismo día que empezaron a manifestarse el resto de las evidencias.
- ¿Qué evidencias son esas? ¿Acaso habla alemán? ¿O es el dirigente de algún partido ultraderechista? ¿Ha intentado invadir algún país?
- ¡Calle hombre! Si algo no necesita este pato es escuchar esas ideas. Además, los dos hablamos alemán perfectamente.
- De usted pase, pero me niego a creerlo de su pato.
- Pues créalo, de hecho fue el pato quien me enseñó a mí.
- Su pato.
- Sí.
- Le enseñó alemán.
- Sí.
- ¿Y podrían mantener una conversación ahora mismo?
- No.
- ¡Ajá! ¿Y por qué no?
- Por timidez.
- ¿Su pato es tímido?
- ¡No diga memeces! Yo soy el tímido, el introvertido, el retraído y el callado. El pato es un gran orador que puede llevar a su público a un paroxismo frenético, enardecido, delirante y encendido tal y como lo haría el mismísimo Hitler.
- ¿Y podría dar ahora uno de esos discursos?
- Lo siento, pero padece de afonía. De todas formas poseo otras pruebas–dijo mientras sacaba de la bolsa una camiseta sucia-. Cójala y huélala.

El veterinario cogió intrigado la camiseta y, tras olerla intensamente, la arrojó sobre el cliente con asco.

- ¡Dios mio! ¡Huele fatal! ¿Se puede saber de que diablos se trata?
- Heces de pato, obviamente.
- ¿Y por qué demonios quería que oliese heces de pato? ¿Está loco?
- Lo he hecho para que compruebe que ha sido obra suya. Fíjese bien, mire dónde están las heces.
- Veamos, la mancha está justo sobre la marca, Calvin Klein. Una lástima, la verdad, pero no entiendo a dónde quiere llegar.
- ¿No lo entiende? ¡Calvin Klein es judío! ¡Lo hizo adrede! Es su malvada, ruin, vil e infame naturaleza la que le hizo cometer este acto.
- ¡Pura casualidad oiga! Además, sigo pensando que lo del pico es una mancha, de hecho, lleva usted en el bolsillo de la camisa un rotulador y restos de tinta en los dedos. Es todo una patraña.
- ¿Osa acusarme de tal infamia? ¡Le digo que este pato es un peligro! Ayer mismo, cuando pensaba que no lo observaba, lo vi desfilar e incluso levantar el ala, ya sabe, a modo de saludo.
- ¿Insinúa que su pato puede hacer marchas militares y realizar el saludo fascista? Es lo más absurdo que he oído en mi vida.
- ¡No es ni absurdo, ni disparatado, ni desatinado, ni pasado lo que le digo!
- Pasado no es ningún sinónimo, oiga.
- No, pero está formado por una sílaba de cada una de las otras palabras ¡Me enerva usted con sus acusaciones y no consigo encontrar los sinónimos adecuados! –exclamó indignado el cliente mientras sacudía los brazos, hecho que propinó que cayera su bolsa al suelo, haciendo que el veterinario se agachase a recogerla. El cliente aprovechó dicho momento para pintar una esvástica en la cola del animal-. ¡Mire! ¡Un estigma! ¡Ya no hay duda! ¡Debe sacrificar a este pato ipso facto!
- ¡Eso acaba de pintárselo usted mientras no miraba!
- ¡Sandeces, paparruchas, bobadas, majaderías!
- ¡Eso ni siquiera son adjetivos! Además, todavía lleva usted el rotulador sin capucha en la mano. Y que me dice de esto –dijo mostrándole un libro sobre recetas de pato que había caído del interior de la bolsa-. Estoy seguro de que lo que usted quiere es cocinar a este pato y que yo le haga el trabajo sucio gratis.
- ¡De ninguna manera! ¡Mi motivación es simple, sencilla, modesta y humilde! En cambio a usted se le debería caer la cara de vergüenza de pensar en el dinero cuando nos enfrentamos a un hito que podría cambiar el curso de la historia.
- Salga de mi establecimiento inmediatamente.
- ¡Se arrepentirá de esto! ¡Recuerde este día cuando hordas de patos invadan nuestros parques, zoos, pueblos y ciudades! –gritaba mientras salía por la puerta de la clínica- Por cierto, ¿cuánto costaría sacrificarlo?
- ¡Largo de aquí! –el veterinario lanzó el libro de recetas que el cliente había dejado en el mostrador, con lo que logró que finalmente se fuera.

viernes, 12 de junio de 2015

Destierro

Tú, que me ensalzas por encima de cualquier persona. Tú, que has exiliado la humildad de mi ser. Tú, que te vanaglorias y te regocijas ante cualquier ápice de éxito. Has de saber que he aprendido a controlarte, a ignorar tus infames argucias que envilecen mi alma. Ya no seré por más tiempo un débil esclavo de tu narcisismo ni hallarás en mi  pecho el nido de tus insidias. Te destierro de mi persona, maldito ego.

lunes, 18 de mayo de 2015

Instantes de felicidad

Te abrazo y es entonces cuando tu fragancia inunda todo mi ser. Beso tus párpados, despacio, casi sin rozarte con los labios, para después apoyar mi frente contra la tuya y deslizar lentamente mi cara por tu mejilla, tu boca, tu cuello, hasta dejar mi cabeza en tu hombro y así poder mirarte. Cuantas veces me habré dormido de esta forma, repitiendo el mismo ritual noche tras noche, tras gozar el uno del otro, sin pensar en otra cosa que no fuese explorar hasta el más recóndito lugar de nuestro cuerpo. Alimentándonos, insaciables, a partir del alma del otro hasta que el agotamiento nos vencía y acabábamos rendidos, abrazados, tal y como ahora estamos.

Sonrío con sólo pensar en cada uno de esos momentos. Te miro y te veo tan relajado, tan tranquilo, que pienso que es irreal. Deslizo mi dedo índice por la camisa de tu pijama, siguiendo las líneas zigzagueantes de su dibujo para ir subiendo lentamente hasta tu cara y una vez allí, comienzo a jugar con el vello de tu barba. A juzgar por cómo te ha crecido, creo que debemos de llevar dos o tres días sin salir de esta habitación, no lo sé, he perdido totalmente la noción del tiempo, y en verdad no me importa. Lo único que me importa eres tú. Continúo acariciándote con mi dedo, siguiendo con la mirada cada centímetro que recorro para poder grabarlo a fuego en mi memoria. Acaricio tu nariz, hasta detenerme en una pequeña fractura, la que te hiciste hace años en aquel partido, antes de conocernos, cuando éramos unos críos y te dedicabas a perseguir cualquier falda que pasase por tu lado. O al menos eso me dices siempre que quieres molestarme, y yo, tonta de mí, no puedo evitar sentir celos de unas niñas que ni si quiera sé si han existido.

Sigo paseando mi dedo por tu rostro hasta llegar a uno de tus ojos que bordeo delicadamente para acabar jugando con tus pestañas. Tal vez no pueda verlo ahora mismo, pero su intenso azul es algo que no podré olvidar nunca. Fueron tus ojos los que me hicieron caer rendida ante ti el día que nos conocimos, la forma en que me sonreías con la mirada, y en la que, cuando te hablaba, tú te mantenías callado, mirándome fijamente, casi sin pestañear, hasta hacerme sentir que podías entrar en mis más íntimos pensamientos. Y en verdad creo que así fue, cuando, después de pasar horas hablando en la cafetería y de insistir hasta el cansancio en acompañarme hasta el mismo portal de mi casa, me dijiste que, aún sin creer en el amor a primera vista, en unas pocas horas yo había conseguido despertar en tu corazón un sentimiento que no sabías que existía. Desde ese día hasta hoy he sido la persona más feliz del mundo. Porque hoy sigo siendo feliz abrazada a tu lado.

Siento un escalofrío, y no sé si debido a que no como desde que entramos a esta habitación o a que tu cuerpo empieza a desprender menos calor. Te miro y no puedo contener una pequeña lágrima que se desliza por mi rostro hasta llegar a tu pijama. No dejo de pensar en lo rápido que ha sucedido todo, en como un instante puede cambiar para siempre una vida, o mejor dicho, nuestras vidas, porque desde ese instante nada ha sido igual para ninguno de los dos. Me mareo sólo de pensar en como todo puede venirse abajo de una forma tan drástica, en como nuestro futuro, nuestros sueños y aspiraciones pueden verse truncadas en el tiempo equivalente a un pestañeo. Un pestañeo que supone la diferencia entre estar mirando tus ojos azules mientras conducías camino a casa y verte postrado en esta cama, rodeado de tubos y sin esperanza de que vuelvas a sonreírme con la mirada.

Pero tengo que ser fuerte y contenerme, nuestro momento aún no ha terminado, todavía no, es demasiado pronto y quiero alargarlo durante todo el tiempo que pueda porque sé que cuando este abrazo termine y me separe de ti, cuando me levante de esta cama y comience a alejarme, los últimos instantes de felicidad que jamás vaya a volver a sentir se irán para siempre junto con el último roce de mi piel sobre la tuya.

Participante en el I Certamen Literario Diario de Mujeres de http://diariodemujeres.com/

domingo, 3 de mayo de 2015

Ya vienen

Sentado en su vieja silla plegable, Matías contempla todo su apartamento, su hogar en los últimos años. Se fija en la puerta atrancada con tableros y comienza a oír un estruendo de pisadas y golpes en el exterior:

- Policía. Abra. Tiene que abandonar la vivienda, ya no es de su propiedad.

Matías desvía la mirada hacia el martillo que momentos antes ha utilizado sabiendo que no puede hacer nada más. ¿O sí? Agarra la herramienta y se dirige hacia la puerta dónde los golpes resuenan con mayor intensidad. Un brillo de determinación se refleja en su mirada.